Gerard M. Luckson

«No temas al susurro de la noche, sino al silencio que lo interrumpe.»
Relatos sinuosos

Una colección de relatos breves basados en las ideas más inquietantes que me acechan, con insistencia, durante la noche.
Flatiron Gerard M. Luckson
Flatiron

Miles, como cada martes, estaba sentado en la esquina del Madison Square Park, frente al imponente Flatiron, e intentaba vender sus ilustraciones a cinco dólares, escondido bajo la vieja gorra de su padre y evitando cualquier contacto visual. Ya no miraba a ninguna mujer a los ojos porque no podía controlar aquellos retorcidos pensamientos que se apoderaban de su mente y le obligaban a perseguir...

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El Recuerdo Gerard M. Luckson
El Recuerdo

El bosque enmudeció y lo vi al otro lado del río. Sus dientes sucios y desordenados asomaban tras una tétrica sonrisa y sus manos, de dedos largos y retorcidos como ramas de sauce trenzado, me saludaron con un vaivén tenebroso. Vestía un mono azul añil tan desgastado que se apreciaba su pálida y pútrida piel. Venía a buscarme. Me levanté y vi la piedra inocente que me acababa de abrir el...

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Kitten Heels Gerard M. Luckson
Kitten Heels

Los zapatos blancos tipo kitten heels de Marion se detuvieron frente a una vieja puerta de madera y cristal, cegada con hojas de periódico. El callejón estaba vacío y Marion confirmó, una vez más, que la dirección era la correcta. Estaba algo nerviosa y se ocultaba bajo un gran sombrero, al más puro estilo de Audrey Hepburn. El intercambio debía hacerse rápido. Donar una sola gota de su s...

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Amanecer Gerard M. Luckson
Amanecer

Apenas el sol asomaba tímidamente en el lejano horizonte cuando Henry abrió los ojos y ahogó un grito al verla. Su preciosa melena ahora no eran más que cuatro mechones de pelo canoso y áspero sobre un cráneo abultado cubierto de manchas. Sus dulces y esponjosos labios, que había besado durante horas, ahora le parecieron dos gajos de naranja resecos y deshidratados, tan resquebrajados que p...

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Café nocturno Gerard M. Luckson
Café nocturno

Saboreaba una taza de irresistible café Volluto cuando un coche oscuro y sin matrícula aparcó frente a la entrada principal. Bajaron dos hombres grandes como árboles y se acercaron a la puerta. Uno cargaba con dos inquietantes bolsas negras y el otro llevaba un intimidante machete de caza colgado en su cinturón. Al sentir el angustioso chasquido del picaporte me sentí como un ratón atrapado...

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El Pozo Gerard M. Luckson
El Pozo

Jack bajó del todoterreno y se frotó las manos para combatir el aire gélido que se colaba entre los árboles raquíticos y sin hojas. Se puso los guantes de agente rural, cogió el maletín de primeros auxilios y se ajustó la radio en el cinturón mientras miraba a su alrededor. La maleza vivía a sus anchas ahora que el viejo Evans no estaba. Le echaba de menos. Recordó como las tardes de gu...

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El Piano Gerard M. Luckson
El Piano

Andrea se despertó con los rayos del sol rojizo de la mañana que se colaban entre las rendijas de los porticones de la vieja cabaña. El fuego de la chimenea se había consumido y solo quedaban algunas brasas incandescentes. Suspiró al recordar como Andy la acariciaba con precisión y sus cuerpos se entrelazaban frente a las cálidas llamas unas horas antes, un combinado de sensaciones y emocio...

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Tiempo Gerard M. Luckson
Tiempo

Un dolor punzante en el trasero me despertó, abrí los ojos, hice una mueca de dolor y bajé la mirada; el cojín estaba tan destrozado que había perdido toda su utilidad y me estaba clavando la estructura metálica del asiento de aquel viejo autobús. La cabina temblaba y se agitaba con fuerza mientras avanzábamos por una sinuosa carretera de tierra estéril y pedruscos errantes. Todas las but...

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Descreídos Gerard M. Luckson
Descreídos

Joe se acercó a mi mesa con el vaivén que le caracterizaba, el dolor punzante de su pierna derecha le obligaba a tambalearse de un lado a otro, parecía una mariposa dando tumbos sin rumbo aparente, pero al final llegó exactamente donde yo quería. Dejó la bandeja sobre mi mesa; la hamburguesa tenía una pinta estupenda y las patatas fritas con aros de tomate frito eran impresionantes; una inv...

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La sustituta Gerard M. Luckson
La sustituta

Juliet necesitaba angustiosamente ir al baño. Era increíble, en todo el aparcamiento de la universidad no había ni una sola plaza disponible. Llegaba tarde y su vejiga la obligaba a retorcerse cómicamente mientras buscaba un hueco donde aparcar su beetle amarillo. No era habitual en ella, nunca infringía las normas ni tan solo soltaba tacos, pero lo último que quería era llegar tarde el p...

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El salón de baile Gerard M. Luckson
El salón de baile

Las luces se apagaron y los violines se detuvieron a medio compás. Instintivamente agarré con fuerza al desconocido que rodeaba mi cintura con su brazo, pero él me soltó y huyó abandonándome en el oscuro salón de baile. Me quedé paralizada y confundida, sentía como la gente gritaba y corría de un lado para otro, desesperados buscando la salida. Alguien me empujó, tropecé, caí al suel...

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La Caja Gerard M. Luckson
La Caja

Rosaline se descalzó y, todavía medio dormida, dejó junto al porche aquellos botines que debían costar una fortuna. Sintió como la hierba, fresca y húmeda, se inmiscuía entre los dedos de sus pies haciéndole cosquillas. Se ató con fuerza la cinta de su vestido verde menta, de tela oriental, y echó a correr. Pasó junto al balancín, luego rodeó la gran fuente de piedra y finalmente s...

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El Libro Gerard M. Luckson
El Libro

Paula y su hermana estaban en el dormitorio mientras su padre y su madre atrancaban puertas y ventanas tan rápido como podían. Los escuálidos ya habían atacado la Taberna y la casa de los Milton. Eran veloces y despiadados y se acercaban a gran velocidad hincando sus pies duros y puntiagudos en los adoquines. Esta vez no eran tres o cuatro como de costumbre, sino cientos de ellos, oscuros y en...

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Ojos verdes Gerard M. Luckson
Ojos verdes

Subió los treinta y siete escalones sin dejar de mirar a su alrededor. Al entrar en su habitación cerró la puerta, volteó la llave dos veces y la dejó puesta en la cerradura, así se sentía más protegida. Suspiró asustada. Lo que le había dicho la vieja la había estremecido. Ella nunca quiso que las cosas acabaran como lo hicieron, tan solo siguió el juego, igual que las demás. Josefin...

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El anciano Gerard M. Luckson
El anciano

Las manos le temblaban de forma exagerada, se podría decir que aquel hombre había vivido más de lo que cualquiera esperaría y, a pesar del temblor y la lentitud propia de la edad, se le veía bien. Tenía la piel pálida y agrietada, llevaba un extraño anillo en el dedo meñique, lo recuerdo bien porque, junto al anillo, vi que tenía tres pecas oscuras que me recordaron a una constelación. ...

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La maestra Gerard M. Luckson
La maestra

Las gotas inocentes chapoteaban sobre las baldosas ya encharcadas mientras aquella señora, que en otros tiempos quizás había sido afectuosa, pero que ahora era la peor pesadilla de más de sesenta niños y niñas, embolsaba comida basura en el supermercado. Inconsciente de que aquel podía ser su último contacto con otro ser humano, hizo alarde de su natural insolencia y dejó caer el puñado...

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Gerard M. Luckson
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